lunes, 5 de noviembre de 2012

Te acerques y te mires, te mires al mirarme

Mario Benedetti es mi escritor favorito. Nunca me ha terminado de convencer este adjetivo. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque las preferencias, los gustos, sobre todo los materiales, cambian; a veces incluso caducan, y vienen otros que ocupan su lugar con igual o mayor fuerza.

Pero Benedetti, desde que un buen amigo me lo dio a conocer hará unos quince años, con La Tregua, ha seguido ahí. Nunca me he sentido más identificado con ciertas frases de un libro, aunque el protagonista tenga 60 años y viva en otro momento y otro lugar tan distintos al que yo ocupo, aquí y ahora.

Hoy me ha vuelto a pasar con unos de sus poemas, que escuchado en su propia voz no me pone los pelos de punta (que serían muchos, por cierto), sino que me acaricia el alma.


Estados de ánimo, así se llama, emerge con tal naturalidad que pareciera que sus palabras brotasen de mí, como si  el autor adivinara mis pensamientos más ocultos... y a la vez tan superficiales. Benedetti habla de la ciclotimia que nos invade a todos, de los estados de ánimo que a veces pareciesen un timón descontrolado, ajenos a cualquier brújula, ajenos al capitán. Cada uno es dueño de sí mismo, pero en ocasiones los sentimientos nos desbordan.

Cuando leo un poema siempre termino, involuntariamente, por ponerle un escenario. En este caso es la Albufera y ella lo llena todo, con su figura erguida e incendiada por un potente sol otoñal. Se acerca y me hace una foto. Se acerca y me gustaría que se mirase en mí, que se mirase al mirarme.




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