lunes, 12 de noviembre de 2012

El seu frigorífic


Mi frigorífico emite un ruido cuando menos extraño. Ahora mismo no lo hace, así que no puedo describirlo como me gustaría. Pero a veces me da miedo, sobre todo por su volumen. Hay días que es tan alto que no me deja conciliar el sueño y tengo que cerrar la puerta de la habitación. Siento que se está cociendo algo en su interior. Si me levantase y lo abriera, sabe Dios lo que me encontraría. Eso se llama vivir con desasosiego. Eso y buscar notas de Verónica como un poseso.

Esta mañana no hacía ningún ruido, pero al abrirlo ha sido como si el mismísimo Satanás me echase el aliento recién levantado tras una noche de tabaco y alcohol. La culpa era de unos filetes de pollo que había dejado a su libre albedrío durante el fin de semana y ahora se encontraban en estado de descomposición. Estaban blanquitos como el merengue, cubiertos además por una suerte de cookies de color marrón clarito donde entiendo que se estaban multiplicando las bacterias. Casi me vencen las arcadas. He tenido que ventilar la casa y arrojarlos al cubo de basura como si se tratase de una bomba a punto de estallar, mientras me tapaba con dificultad las fosas nasales. Ha sido una de las experiencias más cerdas de mi aseada vida.


Este sí que era un frigorífico, su frigorífico, el suyo y el mío. Hacía el ruido justo para enmascarar mis acúfenos en los momentos más jodidos y tenía la estatura ideal para ejercer de pornofrigorífico. Verónica me enseñó que una nevera no es un electrodoméstico más, que aparte de enfriar, calienta, vaya si calienta; que es un aposento de obscenidad y lujuria.

Cuando Verónica ascendió hasta su cúspide, no sin antes admirarlo con lujuria, descubrí que yo también podía conseguir que se deshiciera, que cerrase los ojos, suspirase y se retorciese como quien se entrega sin condiciones. Cuando se bajó de él... nunca la había visto tan contenta. No hasta el 30 de abril. Pero eso lo contaré en otro post... porque ese día yo también alcancé, de su mano, el culmen de la felicidad.


martes, 6 de noviembre de 2012

Que 20 años no es nada, pero sí suficiente

Llevo casi 20 años fumando. Empecé el Día de las Pellas de 1993. Este Día, que entiendo que es norma entre la chavalería que va al instituto en toda gran ciudad, se merece un post por sí mismo, así que no me detendré en él ahora.

Entre risas, minis de cubata y ganas de aparentar ser mayor, acepté el primer cigarro. No sabía tragarme el humo y así fue durante los meses en que seguí fumando, fumando en público (entre clase y clase, en el patio, de pellas en los Recreativos o en la Plaza Mayor) o fumando a escondidas (en el baño de casa de mis padres, mareado como un pollo a punto de ser decapitado).

Ángel y yo nos comprábamos un paquete para los dos a diario: se lo solíamos pillar a Nico, que nos hacía precio, o de contrabando en el Metro de La Latina. Muchos días no teníamos pasta (generalmente yo) y comprábamos Bisonte... tela marinera lo asqueroso que estaba.

Fumar te daba un estatus (o eso pensaba) de persona adulta, de tipo duro. Y, lo más importante, era una forma de refugiarte, de ocultar tu timidez. Pero el caso es que no dejaba de ser un puto crío, un blandengue y un vergonzoso de mierda.

Aprendí a tragarme el humo, a soltarlo por la nariz, a dejarme la paga semanal en tabaco, a empeorar dos gripes que terminaron en bronquitis, a dejarlo durante nueve días para después volver a él con igual o mayor intensidad, a fumarme más de dos paquetes al día y romperme la voz, a despertar el rechazo de quienes me rodeaban y me querían, a...

Me gusta fumar, no lo vamos a negar. Si no fuera perjudicial para mi salud y, mientras me lo pudiera permitir económicamente, fumaría y fumaría y fumaría y fumaría. Fumo en cualquier parte y a cualquier hora, siempre me acompaña, siempre me apetece, siempre lo acepto.



Pero no quiero cumplir 20 años fumando. Me parece un tétrico aniversario.Le he dado demasiado vida a la muerte. Espero y deseo que gane la vida, que consiga ganarle la partida a este delicioso pero maldito vicio. Lo haré a base de tres ingredientes.

El primero y más importante es la fuerza de voluntad. Pero, como me acabas de leer, mi fuerza de voluntad es débil (le he llamado delicioso al tabaco, ya me vale); por eso la acompañaré de otros dos elementos: caladium seguinum, un remedio homeopático que sirve también para tratar la impotencia masculina (^-^) y Es fácil dejar de fumar, si sabes cómo, un libro que dio la vuelta al mundo hace unos años presentado como la panacea para abandonar el hábito del cigarrillo entre los dedos.

Conozco a gente que lo ha conseguido con uno o dos de los últimos métodos que he nombrado: que lo dejó y no volvió o que lo dejó y acabó volviendo. Yo, si esta vez me dura más de nueve días, no volveré. Entrará entonces en juego la fuerza de voluntad. Allí está la panacea de muchos males o debilidades. Pero eso se merece otro post...



lunes, 5 de noviembre de 2012

Te acerques y te mires, te mires al mirarme

Mario Benedetti es mi escritor favorito. Nunca me ha terminado de convencer este adjetivo. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque las preferencias, los gustos, sobre todo los materiales, cambian; a veces incluso caducan, y vienen otros que ocupan su lugar con igual o mayor fuerza.

Pero Benedetti, desde que un buen amigo me lo dio a conocer hará unos quince años, con La Tregua, ha seguido ahí. Nunca me he sentido más identificado con ciertas frases de un libro, aunque el protagonista tenga 60 años y viva en otro momento y otro lugar tan distintos al que yo ocupo, aquí y ahora.

Hoy me ha vuelto a pasar con unos de sus poemas, que escuchado en su propia voz no me pone los pelos de punta (que serían muchos, por cierto), sino que me acaricia el alma.


Estados de ánimo, así se llama, emerge con tal naturalidad que pareciera que sus palabras brotasen de mí, como si  el autor adivinara mis pensamientos más ocultos... y a la vez tan superficiales. Benedetti habla de la ciclotimia que nos invade a todos, de los estados de ánimo que a veces pareciesen un timón descontrolado, ajenos a cualquier brújula, ajenos al capitán. Cada uno es dueño de sí mismo, pero en ocasiones los sentimientos nos desbordan.

Cuando leo un poema siempre termino, involuntariamente, por ponerle un escenario. En este caso es la Albufera y ella lo llena todo, con su figura erguida e incendiada por un potente sol otoñal. Se acerca y me hace una foto. Se acerca y me gustaría que se mirase en mí, que se mirase al mirarme.