Mi frigorífico emite un ruido cuando menos extraño. Ahora mismo no lo hace, así que no puedo describirlo como me gustaría. Pero a veces me da miedo, sobre todo por su volumen. Hay días que es tan alto que no me deja conciliar el sueño y tengo que cerrar la puerta de la habitación. Siento que se está cociendo algo en su interior. Si me levantase y lo abriera, sabe Dios lo que me encontraría. Eso se llama vivir con desasosiego. Eso y buscar notas de Verónica como un poseso.
Esta mañana no hacía ningún ruido, pero al abrirlo ha sido como si el mismísimo Satanás me echase el aliento recién levantado tras una noche de tabaco y alcohol. La culpa era de unos filetes de pollo que había dejado a su libre albedrío durante el fin de semana y ahora se encontraban en estado de descomposición. Estaban blanquitos como el merengue, cubiertos además por una suerte de cookies de color marrón clarito donde entiendo que se estaban multiplicando las bacterias. Casi me vencen las arcadas. He tenido que ventilar la casa y arrojarlos al cubo de basura como si se tratase de una bomba a punto de estallar, mientras me tapaba con dificultad las fosas nasales. Ha sido una de las experiencias más cerdas de mi aseada vida.
Este sí que era un frigorífico, su frigorífico, el suyo y el mío. Hacía el ruido justo para enmascarar mis acúfenos en los momentos más jodidos y tenía la estatura ideal para ejercer de pornofrigorífico. Verónica me enseñó que una nevera no es un electrodoméstico más, que aparte de enfriar, calienta, vaya si calienta; que es un aposento de obscenidad y lujuria.
Cuando Verónica ascendió hasta su cúspide, no sin antes admirarlo con lujuria, descubrí que yo también podía conseguir que se deshiciera, que cerrase los ojos, suspirase y se retorciese como quien se entrega sin condiciones. Cuando se bajó de él... nunca la había visto tan contenta. No hasta el 30 de abril. Pero eso lo contaré en otro post... porque ese día yo también alcancé, de su mano, el culmen de la felicidad.


